20 Nov
20Nov

¡Hola, aventureros! 

Cuando miramos a nuestro alrededor, y nos fijamos en las personas con las que nos cruzamos en nuestro día a día, ¿no os parece que algo no lo estamos haciendo del todo bien?. Os comento una experiencia personal reciente. 

Entre las diversas actividades de las que me encargo durante la semana, una de ellas es formar parte del equipo técnico de un equipo de balonmano, formado por chicos de 12 y 13 años. Este fin de semana, durante un desplazamiento que tuvimos que hacer para jugar fuera de casa, una cosa llamó especialmente mi atención. La mayoría de los niños pasaron las casi cuatro horas de viaje interactuando con la pantalla de sus teléfonos móviles. No había conversaciones entre los chicos que no estuvieran relacionadas con los contenidos que estaban consumiendo. No sabían entretenerse con otras actividades. 

Es cierto que dentro de un autobús poco se puede hacer, y podría llegar a entender que parte del entretenimiento del viaje se sustente en el uso de pantallas. Pero, ¿dónde quedan las conversaciones entre compañeros, la lectura, la música o la simple observación del paisaje?. ¿Acaso nuestros hijos han perdido la capacidad de la atención y la reflexión?. ¿Somos conscientes de lo que hay detrás del uso abusivo de las pantallas?. 

En mi caso, hasta hace bien poco, no lo era. Tengo que ser franco con vosotros y comentaros que  pertenezco a esa generación de padres que han utilizado las pantallas para hacer la vida más fácil de cara a la crianza de sus hijos. Digamos que pertenezco a la plataforma de afectados por “Baby Einstein”, esos videos “educativos” que prometían ayudar a desarrollar la inteligencia de nuestros hijos pequeños. ¡Nada más lejos de la realidad!. Pero bueno, ¿para qué estamos aquí?. ¡Para aprender cómo hacer mejor las cosas!. 

Si recordáis el primer capítulo de la serie Fortaleza Digital (si no lo has leído, te recomiendo que lo hagas antes de continuar) lo dedicamos a identificar los materiales que necesitábamos para confeccionar el traje del nuevo superhéroe de nuestro hijo, de su ciberpapá. Una vez que hemos disminuido las cargas de nuestras mochilas, que tenemos claro que deseamos para nuestros hijos en cuanto a su desarrollo en el mundo digital y que estamos dispuestos a apoyarnos en la CIA (Claridad, Implicación y Ayuda), el siguiente paso es conocer a nuestro principal enemigo: la tecnología oculta detrás de las pantallas. 



Antes de nada, debo dejar claro que con este artículo no pretendo demonizar la tecnología de forma general. La tecnología es útil y la digitalización de la sociedad es importante y conveniente. La hiperconectividad de la sociedad nos aporta numerosos beneficios en la esfera social, cultural y profesional. Sin embargo, considero que una nube grisácea está cubriendo el cielo de Internet. Una nube que no nos deja ver la luz del sol y que acaba afectándonos a nuestra salud mental, y por más aún a la de nuestros hijos. 

Esta nube está formada por ciertos servicios digitales que se sirven de Internet y de las pantallas para llegar a nosotros, consiguiendo beneficios con prácticas poco éticas, y sin tener en cuenta que están rediseñando la sociedad del futuro, y no precisamente para bien. Bajo mi punto de vista, el negocio de las redes sociales, los videojuegos y el consumo de contenido por streaming lideran este sector. 

Detrás de estos servicios y plataformas digitales, están grandes empresas, gigantes tecnológicos de Silicon Valley, Palo Alto y San Francisco que, según una entrevista realizada a Sean Parker (ex-presidente de Facebook), aprovechan las debilidades de la psicología humana para crear adictos a sus productos. De cara a reforzar la credibilidad de esta afirmación es importante comentaros que, en los últimos años, varios directivos de estas compañías están liderando un movimiento en contra de las prácticas que sus compañías están llevando a cabo. 

Para comprender el por qué de estas prácticas que pasaré a detallaros más adelante, antes debemos comprender, de forma muy general, como funcionan las empresas de Internet. 

Cuando una empresa quiere ofrecer sus servicios en Internet, digamos que tiene tres opciones:

  1. Optar por un modelo de negocio gratuito, donde ofrezco algo a los usuarios sin esperar ningún tipo de beneficio económico.
  2. Optar por un modelo de negocio de pago, donde el usuario paga una cuota por un servicio.
  3. Optar por un modelo publicitario, donde los beneficios se obtiene a través de la publicidad que ofrece a sus usuarios.

Este último modelo, el publicitario, es el que emplean muchas de las compañías que están detrás de las aplicaciones que usamos en nuestros dispositivos (Facebook, Twitter, Tik Tok, Fortnite, etc.). 

A través del modelo publicitario, estas compañías necesitan de un elemento esencial para obtener las cifras de negocio deseadas: nuestro tiempo, nuestra atención. 

Estas empresas han estudiado la psicología humana y han dotado a sus productos de las herramientas necesarias para hacernos adictos, para atacar a nuestro cerebro. Lo que han aprendido es que realmente no somos adictos a la tecnología, a los dispositivos en sí, sino que somos adictos a obtener recompensas. 

El circuito de recompensa de nuestro cerebro se activa cuando realizamos actividades que nos generan placer. Este placer esta provocado por la liberación de un neurotransmisor, la dopamina. A medida que pensamos en realizar la actividad placentera, nuestro organismo comienza a liberar dopamina, llegando al pico más alto al realizar la actividad, y a partir de ahí comienza a bajar. El cerebro, que de forma primitiva busca constantemente nuestra supervivencia, registra la actividad para perseguir su repetición tan pronto como sea posible. 

Varios experimentos psicológicos (Pavlov y Skinner) han conseguido demostrar que los sistemas de recompensas aleatorias permiten desviar el comportamiento humano. Este sistema de recompensa arbitraria se basa en generar una dependencia del humano en la máquina, a través de dosis no predecibles de recompensas. 

Algunas aplicaciones producen este efecto de recompensa aleatoria. En ellas, el algoritmo, que organiza la presentación del contenido mostrado, se va acercando a nuestros gustos a medida que va recogiendo nuestros datos. 

¿Cuáles son estas recompensas aleatorias en las pantallas?

El botón like de Facebook, el “me gusta” de Instagram, un comentario a nuestra publicación, algún contenido que nos pueda resultar de interés sugerido por la aplicación basado en los datos que tiene de nuestro perfil, una nueva skill de Fortnite, subir de nivel al conseguir superar determinada prueba en un videojuego, y así hasta el infinito. Como podéis ver, todas son recompensas aleatorias. No podemos determinar cuando las vamos a recibir, y precisamente eso es lo que nos lleva a la dependencia sino la adicción. 

Como ya hemos comentado, esta adicción, que se termina generando en nosotros a la hora de hacer uso de las pantallas, es la consecuencia de las prácticas de negocio que aplican ciertas empresas tecnológicas. Nos necesitan enganchados para tener cuanto más datos nuestros mejor, para poder personalizarnos la oferta publicitaria. Para ello, los equipos de desarrollo se dedican a crear la experiencia de usuario de tal modo que queramos volver a ellas, una y otra vez. Para ello, utilizan lo que podríamos denominar un gancho. Al igual que en la práctica de la pesca, una vez que mordemos en anzuelo (gancho) ya no podemos escapar de él.



Esta acción de gancho pasa por cuatro fases: la detonación, la acción, la recompensa y la inversión.

  1. Los ganchos se inician con un detonador. Al principio es un detonador externo. Una notificación, un email, un mensaje; en definitiva, cualquier comunicación que nos diga “Oye, ven a ver esto”.
  2. Después del detonador, la fase de acción se basa ofrecer la cosa más simple que puedas hacer para obtener la recompensa. La empresas tecnológicas están compitiendo entre ellas para poner en el mercado productos cada vez más fáciles de utilizar. Cuanto más fácil sea, mayor probabilidad de que lo uses.
  3. Tras la fase de acción, viene la recompensa aleatoria que ya comentamos, que es cuando obtienes lo que quieres. Cuando vemos una historia de Instagram, un video de Tiktok, cuando nos desplazamos por las aplicaciones, …, obtenemos una especie de reforzamiento variable que hace que la experiencia comience a gustarnos.
  4. Finalmente, la inversión se produce cuando tú añades algo al producto con la expectativa de un beneficio futuro. Cuando das tus datos a la empresa, subes contenido, sumas seguidores, etc.

A través de ciclos sucesivos de ganchos, dejas de necesitar los detonadores externos y comienzas a activarte con detonadores internos, que tienden a ser estados emocionales negativos (aburrimiento, ansiedad, soledad, etc.). Sin ningún tipo de notificación, comenzamos a usarlos por voluntad. Comenzamos a hacernos adictos. 

Y ese control que tienen las pantallas sobre nosotros no para de crecer, llegando a provocar problemas de salud mental. 

El síndrome de ansiedad es el más común de estos problemas de salud mental. Se manifiesta por la necesidad que se tiene de difundir por redes sociales cualquier momento de nuestra existencia, por muy irrelevante que sea. Una historia de Instagram, una foto de Facebook, un tuit. La angustia aparece cuando se consigue encontrar la foto adecuada, el momento adecuado, por temor a que no provoque las suficientes reacciones de aprobación (likes + comentarios). El alivio que supone un gran número de likes es efímero, pues en seguida es sustituido por la nueva ansiedad de encontrar la siguiente publicación que permitirá batir el récord anterior. 

Un derivado de este síndrome de ansiedad es la nomofobia que no es más que el miedo irracional que sienten muchos usuarios a no disponer del teléfono móvil, bien porque se lo han dejado en casa, se les ha gastado la batería, están fuera de cobertura, han agotado el saldo, se lo han robado o simplemente se les ha estropeado. Este término fue acuñado a raíz de un estudio realizado por la Oficina de Correos de España para evaluar el grado de ansiedad que llegan a padecer los usuarios de los denominados smartphones. 

Existen otros problemas de salud mental derivados del uso abusivo de las pantallas como la esquizofrenia de perfil, la atazagorafobia o la atenuación, cuya explicación aquí creo que no haría mas que confundiros más. En definitiva, con lo que debemos quedarnos de esto es que el uso inadecuado de las pantallas afecta al bienestar social y mental a largo plazo. 

No me gustaría acabar este artículo sin comentaros otras herramientas de modificación de la psicología del comportamiento que también emplean las empresas tecnológicas, además del sistema de recompensa aleatoria ya mencionado. 

Estas otras herramientas son: la necesidad de finalización de experiencia, la fatiga ante la toma decisiones y la teoría de la experiencia óptima. Y el objetivo es siempre el mismo, aumentar el tiempo que el usuario dedica a usar sus productos, con la esperanza de que se olvide de controlar dicho tiempo. 

La psicóloga rusa Bluma Zeigarnik estableció en 1929, el marco teórico de la integridad (efecto Zeigarnik), mediante el cual se consideraba que proponer un conjunto de acciones como vinculadas, generaba una sensación de no finalización de las mismas hasta que se llegaba a la última. Esto empuja al individio a llegar hasta la última acción para tener esa sensación de haber completado la tarea, lo que le lleva a olvidar su libre albedrío

Así es como funciona, por ejemplo, Netflix para que pasemos del hábito del consumo a la adicción. El encadenamiento de vídeos intenta no interrumpir la dependencia con otros estímulos. Este mecanismo se refuerza con la función “autoplay” que permite encadenar los episodios sin tener que hacer ningún gesto o manifestar un deseo. 

De esta forma, también utilizan en su funcionamiento la generación de un entorno que libere al usuario de tener que tomar una decisión por la fatiga que ello supone. El usuario puede dejarse llevar totalmente. 

Por último, la teoría de la experiencia óptima, desarrollada por el psicólogo Mihaly Csikszentmihaly, es otra de las herramientas utilizadas por las plataformas digitales. Los algoritmos ofrecen una experiencia diferente para cada usuario, de cara a que se ajuste a lo que busca y le gusta. Así también lo hacen para la publicidad que nos ofrecen de modo que nos presentan aquello que saben que nos interesa, basándose en los datos que tienen de nosotros.

Bueno queridos aventureros, hasta aquí ha llegado mi artículo. Estoy convencido que lo que os he comentado es sólo la punta del iceberg. Tras mi estudio sobre este tema, os confieso que me preocupa lo que veo en las generaciones jóvenes. Como os comenté al principio, la mayoría de nuestros hijos están enganchados, o en fase de enganche. No sé si estaremos a tiempo de solucionar este problema, o requerirá de terapia profesional en un futuro, pero al menos es conveniente de que seamos conscientes de lo que hay detrás del consumo abusivo de las pantallas y que sepamos concienciar a nuestro hijos sobre esto. Como siempre os digo, el conocimiento es la base de todo. 

El próximo artículo de Fortaleza Digital lo dedicaré a ver las consecuencias de lo que hemos visto hoy en el desarrollo de nuestros hijos. Hasta entonces, os deseo mucho ánimo en el camino que estamos tomando juntos. 

Un abrazo.

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.